Los datos de siniestralidad laboral del primer trimestre de 2026 dejan una cifra que debería impedir cualquier lectura rutinaria: 170 personas trabajadoras fallecieron en accidentes laborales en España entre enero y marzo, ocho más que en el mismo periodo del año anterior.

Según los datos oficiales de avance de la Estadística de Accidentes de Trabajo del Ministerio de Trabajo y Economía Social, recogidos por distintos medios, en los tres primeros meses del año se registraron 143.833 accidentes con baja, lo que supone un aumento del 1,2% respecto al mismo periodo de 2025. Del total de fallecimientos, 146 se produjeron durante la jornada de trabajo y 24 fueron accidentes in itinere, es decir, en el desplazamiento de ida o vuelta al trabajo.

La cifra es especialmente dura porque no habla de porcentajes abstractos. Habla de personas que salieron a trabajar y no volvieron.

La siniestralidad no puede convertirse en paisaje

Uno de los mayores riesgos sociales en prevención de riesgos laborales es acostumbrarse a los datos.

Cada mes se publican cifras. Accidentes leves, graves, mortales, con baja, sin baja, en jornada, in itinere, por sectores, por comunidades autónomas. Y precisamente por esa repetición existe el peligro de que la siniestralidad se convierta en una especie de ruido estadístico.

Pero 170 fallecimientos en tres meses no pueden leerse como una simple variación interanual.

Son 170 proyectos de vida interrumpidos.
170 familias rotas.
170 equipos de trabajo golpeados.
170 organizaciones que deberían preguntarse qué falló.
170 señales de que la prevención todavía no está llegando donde debe llegar.

La prevención no puede normalizar que cada trimestre haya decenas o cientos de muertes vinculadas al trabajo.

Marzo fue especialmente grave

El mes de marzo concentró una parte importante de esa gravedad. Según USO, en marzo de 2026 se registraron 49.467 accidentes con baja, de los cuales 42.235 ocurrieron durante la jornada laboral y 7.232 fueron accidentes in itinere. En ese mes fallecieron 62 personas trabajadoras, 49 durante la jornada y 13 en accidentes de tráfico laboral, lo que supone un incremento del 21,5% respecto a marzo de 2025.

Además, los accidentes graves también aumentaron. En marzo se contabilizaron 303 accidentes graves, y en el conjunto del trimestre se alcanzaron 815 accidentes graves.

Este dato es importante porque obliga a mirar más allá del número total de accidentes. Una empresa o un país puede reducir determinados siniestros leves y, aun así, mantener riesgos críticos mal controlados.

La prevención no debe medirse solo por cuántos accidentes ocurren, sino también por su gravedad, su repetición, sus causas y su potencial de daño.

In itinere: la movilidad laboral sigue siendo una asignatura pendiente

De las 170 muertes laborales registradas hasta marzo, 24 fueron accidentes in itinere.

Esto recuerda una realidad que muchas empresas todavía dejan en segundo plano: la seguridad vial laboral forma parte de la prevención.

No basta con mirar lo que ocurre dentro del centro de trabajo. También hay que analizar cómo se desplazan las personas trabajadoras, qué horarios tienen, qué fatiga acumulan, si hay presión de tiempo, si se utilizan vehículos de empresa, si existen desplazamientos en misión, si se fomenta el uso del móvil, si se planifican rutas o si hay jornadas que favorecen el cansancio al volante.

La movilidad laboral no puede tratarse como algo completamente ajeno a la empresa.

En determinadas actividades —transporte, reparto, servicios técnicos, comerciales, asistencia domiciliaria, mantenimiento, logística o vigilancia— el vehículo forma parte real del trabajo. Pero incluso en desplazamientos ordinarios, la organización de horarios, turnos y ritmos puede influir en el riesgo.

Hablar de prevención también es hablar de cómo se llega y se vuelve del trabajo.

Los accidentes graves avisan antes de matar

La estadística trimestral no solo habla de muertes. También habla de cientos de accidentes graves.

Un accidente grave debería interpretarse como una alarma de máximo nivel. No solo por el daño causado a la persona afectada, sino porque muchas veces revela fallos estructurales que podrían haber terminado en muerte.

Atrapamientos, caídas de altura, golpes con maquinaria móvil, contactos eléctricos, accidentes con vehículos, cargas suspendidas, vuelcos, explosiones o intoxicaciones no aparecen de la nada.

Normalmente hay señales previas:

  • incidentes no investigados;
  • casi accidentes;
  • resguardos anulados;
  • trabajos improvisados;
  • falta de mantenimiento;
  • formación insuficiente;
  • procedimientos poco claros;
  • coordinación deficiente;
  • prisas;
  • presión productiva;
  • falta de supervisión;
  • evaluación de riesgos genérica;
  • medidas preventivas que existen en papel pero no en la práctica.

La prevención real consiste en actuar sobre esas señales antes de que el daño sea irreversible.

La bajada de accidentes no siempre significa mejora suficiente

Los datos de 2025 muestran una idea que también debe tenerse presente: una mejora general de la siniestralidad no elimina problemas graves en sectores concretos.

Según publicó El País con datos del Ministerio de Trabajo, en 2025 los accidentes laborales con baja descendieron un 1,3% y el total de muertes laborales bajó de 796 en 2024 a 735 en 2025. Sin embargo, la construcción registró un aumento del 22% en muertes laborales, alcanzando 29 fallecidos, y su índice de incidencia mortal también empeoró.

Este ejemplo sirve para entender un punto clave: los datos agregados pueden ocultar realidades sectoriales muy preocupantes.

La prevención debe bajar al detalle. No basta con decir que “la siniestralidad baja” si determinados sectores, tareas o riesgos críticos siguen matando.

No todos los accidentes tienen la misma explicación

La siniestralidad laboral no es un fenómeno único. Bajo la misma etiqueta aparecen situaciones muy distintas.

No es lo mismo:

  • una caída desde una cubierta frágil;
  • un atrapamiento en una máquina;
  • un accidente de tráfico laboral;
  • un golpe por maquinaria móvil;
  • un infarto durante la jornada;
  • una caída al mismo nivel;
  • una exposición química;
  • una explosión;
  • un accidente en mantenimiento;
  • una muerte durante un desplazamiento.

Cada tipo de accidente exige una lectura preventiva diferente.

Si el problema es una caída de altura, habrá que revisar planificación, protecciones colectivas, sistemas anticaídas, accesos, permisos de trabajo y rescate.

Si el problema es maquinaria, habrá que revisar resguardos, enclavamientos, consignación, mantenimiento, formación y supervisión.

Si el problema es movilidad, habrá que revisar rutas, horarios, fatiga, vehículos, presión de tiempos y planes de movilidad.

Si el problema son infartos o derrames cerebrales ocurridos durante la jornada, habrá que mirar también factores como edad, salud cardiovascular, estrés, turnos, sobrecarga, ritmos de trabajo y vigilancia de la salud, sin caer en explicaciones simplistas.

USO ha señalado que, de las 170 muertes registradas hasta marzo, 65 fueron por infartos o derrames cerebrales ocurridos en el puesto de trabajo, vinculando muchos de estos casos a posibles años de estrés crónico, sobrecarga o ritmos inhumanos.

Conviene ser prudentes: no todos los infartos en jornada laboral tienen necesariamente causa laboral directa. Pero la prevención no puede ignorar que la organización del trabajo, la carga, los turnos, el estrés y la salud cardiovascular pueden relacionarse con daños graves.

La evaluación de riesgos no puede ser genérica

Una de las causas de fondo en muchos accidentes graves es una evaluación de riesgos demasiado genérica.

Evaluaciones que dicen “riesgo de caída”, “riesgo de atrapamiento”, “riesgo eléctrico” o “riesgo de accidente de tráfico”, pero no describen con precisión la tarea real, el equipo concreto, la zona exacta, el procedimiento utilizado o las condiciones organizativas.

Una evaluación útil debería permitir responder preguntas como:

  • ¿Qué tarea concreta genera el riesgo?
  • ¿Dónde ocurre?
  • ¿Quién la realiza?
  • ¿Con qué equipo?
  • ¿Con qué frecuencia?
  • ¿Qué daño puede producir?
  • ¿Qué medidas existen?
  • ¿Funcionan realmente?
  • ¿Quién las supervisa?
  • ¿Qué pasa en situaciones no rutinarias?
  • ¿Qué ocurre cuando hay prisa, avería, ausencia de personal o trabajo nocturno?
  • ¿Se han investigado incidentes previos?

Si la evaluación no permite contestar eso, probablemente no está ayudando a prevenir accidentes graves.

La planificación preventiva debe tener recursos, no solo intenciones

Otro problema habitual es que la planificación preventiva se convierta en una lista de deseos.

“Formar al personal.”
“Extremar precauciones.”
“Usar EPI.”
“Revisar procedimientos.”
“Recordar normas.”

Eso no es suficiente si no hay responsables, plazos, presupuesto, medios técnicos y seguimiento.

Una medida preventiva seria debe responder:

  • qué se va a hacer;
  • quién lo va a hacer;
  • cuándo;
  • con qué medios;
  • cómo se comprobará;
  • qué prioridad tiene;
  • qué ocurre si no se ejecuta.

Si un riesgo puede matar, la medida preventiva no puede quedar en una frase vaga.

La cultura preventiva se mide cuando hay presión

Todas las empresas dicen que la seguridad es lo primero.

La diferencia aparece cuando hay presión de producción, plazos ajustados, falta de personal, una avería, una reparación urgente, un cliente esperando o una contrata trabajando de madrugada.

Ahí se ve si la prevención es real o decorativa.

Una cultura preventiva madura no permite que se trabaje sin protección porque “es solo un momento”. No permite que se manipule una máquina sin consignar porque “hay que sacar producción”. No permite que un conductor siga acumulando horas porque “hay que entregar”. No permite que se suba a una cubierta sin planificar porque “es una reparación rápida”.

La prevención se demuestra en las decisiones incómodas.

Parar un trabajo inseguro.
Retrasar una tarea.
Invertir en protección colectiva.
Cambiar una máquina.
Aumentar personal.
Reorganizar turnos.
Investigar un incidente.
Escuchar a quien advierte de un riesgo.

Ahí se ve la prevención.

Más inspección, pero también más integración preventiva

Ante cifras de mortalidad laboral elevadas, suele reclamarse más actuación inspectora. Y es lógico: la Inspección de Trabajo cumple un papel esencial en el control del cumplimiento normativo.

Pero la prevención no puede depender únicamente de que venga una inspección.

La empresa debe integrar la prevención en su gestión diaria. Esto significa que producción, mantenimiento, recursos humanos, compras, mandos intermedios y dirección deben tomar decisiones teniendo en cuenta la seguridad y salud.

Por ejemplo:

  • Compras debe adquirir equipos seguros, no solo baratos.
  • Producción debe planificar ritmos compatibles con la seguridad.
  • Mantenimiento debe asegurar que los equipos no se degraden.
  • Recursos humanos debe considerar formación, turnos y cargas.
  • Dirección debe asignar recursos.
  • Mandos intermedios deben supervisar y corregir prácticas inseguras.
  • El servicio de prevención debe asesorar, pero no sustituir la responsabilidad empresarial.

La prevención externalizada en un documento no salva vidas si no entra en la forma real de trabajar.

Qué deberían hacer las empresas ante estos datos

Los datos del primer trimestre deberían servir como llamada de atención para revisar la gestión preventiva, especialmente en empresas con riesgos críticos.

Algunas acciones concretas serían:

  • Revisar accidentes e incidentes de los últimos años.
  • Identificar tareas con potencial de daño grave o mortal.
  • Actualizar evaluaciones de riesgos específicas.
  • Revisar trabajos en altura, maquinaria, electricidad, tráfico laboral, mantenimiento y espacios confinados.
  • Comprobar resguardos, protecciones colectivas y sistemas de emergencia.
  • Revisar procedimientos de consignación y bloqueo.
  • Evaluar los desplazamientos laborales y el riesgo vial.
  • Analizar cargas de trabajo, turnos, fatiga y estrés.
  • Reforzar formación práctica, no solo documental.
  • Escuchar a trabajadores y mandos sobre situaciones peligrosas.
  • Investigar casi accidentes.
  • Priorizar medidas con responsables y plazos reales.
  • Hacer seguimiento de la implantación.
  • Dar autoridad real para parar trabajos inseguros.

No se trata de hacer más papeles. Se trata de mirar con honestidad dónde puede ocurrir el próximo accidente grave y actuar antes.

La prevención no puede ser resignación

Hay frases que deberían desaparecer de cualquier cultura preventiva:

“Esto siempre se ha hecho así.”
“Nunca ha pasado nada.”
“Es imposible controlar todo.”
“Son accidentes inevitables.”
“El trabajador se confió.”
“Fue mala suerte.”

Puede haber accidentes difíciles de prever, pero muchos daños graves y mortales se producen por riesgos conocidos, evaluables y controlables.

Por eso, normalizar la siniestralidad es una forma de renunciar a prevenir.

La prevención empieza cuando una organización deja de aceptar el daño como parte inevitable del trabajo.

Conclusión

Las 170 muertes laborales registradas hasta marzo de 2026 no pueden convertirse en una cifra más dentro de una estadística mensual. Son una advertencia seria sobre la necesidad de reforzar la prevención real en las empresas.

La siniestralidad no se combate solo con declaraciones institucionales ni con documentos archivados. Se combate evaluando mejor, planificando con recursos, investigando incidentes, supervisando tareas críticas, integrando la prevención en la organización y actuando antes de que el daño se produzca.

Una sociedad avanzada no puede acostumbrarse a que trabajar siga costando vidas.

La prevención no puede normalizar la muerte laboral. Debe incomodarse ante cada dato, investigar cada señal y actuar antes del siguiente accidente.