España y Portugal han lanzado una campaña ibérica frente a los riesgos laborales derivados del cambio climático, una iniciativa pionera impulsada por la Inspección de Trabajo y Seguridad Social de España, la Autoridade para as Condições do Trabalho de Portugal y el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo. La campaña se desarrollará entre junio de 2026 y junio de 2027 y busca reforzar la cultura preventiva, sensibilizar a empresas y personas trabajadoras, y promover la adaptación de los entornos laborales a unas condiciones climáticas cada vez más exigentes.
La noticia es importante porque confirma algo que la prevención ya no puede ignorar: el cambio climático no es solo una cuestión ambiental. También es una cuestión laboral.
Las temperaturas extremas, la radiación solar, las olas de calor, las lluvias torrenciales, los incendios forestales, la sequía, la mala calidad del aire o la aparición de nuevos riesgos biológicos están modificando la forma de trabajar en muchos sectores. Y cuando cambian las condiciones de trabajo, también debe cambiar la forma de evaluar, planificar y prevenir.
El clima ya forma parte del puesto de trabajo
Durante mucho tiempo, la prevención de riesgos laborales ha mirado principalmente a riesgos más visibles: una máquina sin resguardo, una caída en altura, un producto químico, una carga pesada, un cuadro eléctrico, un incendio o una pantalla de visualización.
Todos esos riesgos siguen siendo esenciales. Pero ya no son suficientes para entender la realidad laboral actual.
Hoy, en muchos trabajos, el clima se ha convertido en una variable preventiva de primer orden. Un agricultor, un trabajador de la construcción, una operaria de limpieza viaria, un repartidor, una jardinera, un técnico de mantenimiento, un bombero forestal o una persona que trabaja en una nave sin climatización no se enfrentan solo a la tarea que realizan. Se enfrentan también a las condiciones ambientales en las que deben realizarla.
Y esas condiciones están cambiando.
La campaña ibérica parte precisamente de esa idea: adaptar los entornos laborales a condiciones climáticas cada vez más exigentes y mejorar la anticipación ante riesgos emergentes asociados al cambio climático.
No hablamos solo de calor
Es fácil reducir el debate a las altas temperaturas. Y es lógico, porque el calor extremo es uno de los riesgos más visibles y urgentes. Pero el cambio climático en el trabajo va mucho más allá.
El calor aumenta el riesgo de golpe de calor, fatiga, mareos, deshidratación y pérdida de concentración. También puede elevar la probabilidad de accidentes: una persona agotada por el calor reacciona peor, se concentra menos y puede cometer errores en tareas peligrosas.
Pero junto al calor aparecen otros riesgos. La radiación ultravioleta afecta especialmente a quienes trabajan al aire libre y puede relacionarse con daños en piel y ojos. Los incendios forestales exponen a los intervinientes a humo, partículas, estrés térmico y situaciones extremas. Las lluvias intensas e inundaciones afectan a trabajos de emergencia, mantenimiento, limpieza, transporte y reparación de infraestructuras. La sequía modifica condiciones de trabajo en el campo. La mala calidad del aire puede agravar problemas respiratorios. Y los cambios en ecosistemas pueden favorecer la presencia de vectores, plagas o agentes biológicos en zonas donde antes no eran habituales.
Por eso esta campaña no debe leerse como una acción aislada sobre “trabajar con calor”. Debe entenderse como una llamada a actualizar la mirada preventiva.
Anticiparse ya no es opcional
El cambio climático obliga a la prevención a trabajar con previsión, no solo con reacción.
Hasta hace unos años, muchas empresas trataban ciertos episodios climáticos como situaciones excepcionales: una ola de calor puntual, una tormenta intensa, una semana complicada, un incendio cercano. Pero cuando esos episodios se vuelven más frecuentes, intensos o prolongados, dejan de ser excepcionalidad y se convierten en riesgo previsible.
Y lo previsible debe gestionarse.
La campaña hispano-portuguesa pretende precisamente favorecer la anticipación y la gestión eficaz de estos riesgos emergentes. Esto significa que las empresas deben mirar la previsión meteorológica, adaptar horarios, reorganizar tareas, revisar equipos, proteger a trabajadores especialmente sensibles, establecer protocolos y formar a las personas trabajadoras antes de que el riesgo esté encima.
La prevención no puede esperar a que alguien se maree, se intoxique con humo, sufra un golpe de calor o quede atrapado en una inundación para reaccionar.
Sectores especialmente afectados
Aunque el cambio climático puede afectar a cualquier actividad, hay sectores donde el impacto es más evidente.
La agricultura es uno de ellos. El trabajo al aire libre, los esfuerzos físicos, las campañas estacionales, las jornadas intensas y la exposición directa al sol hacen que el riesgo por calor y radiación sea especialmente relevante.
La construcción también está muy expuesta. En una obra se combinan esfuerzo físico, superficies que acumulan calor, uso de EPI, trabajos en altura, maquinaria, polvo, ruido y presión por plazos. Cuando sube la temperatura, no solo aumenta el malestar: aumenta el riesgo global de accidente.
La limpieza viaria, la jardinería, el mantenimiento exterior, el reparto, la logística, la pesca, la obra civil, las emergencias y los incendios forestales son otros ejemplos claros.
Pero también hay trabajos interiores que pueden verse afectados. Naves, talleres, cocinas industriales, lavanderías, centros educativos, almacenes o edificios antiguos pueden alcanzar temperaturas inadecuadas si no existe ventilación, climatización o aislamiento suficiente.
El cambio climático no afecta únicamente a quien trabaja bajo el sol. También afecta a los espacios de trabajo que no estaban preparados para el clima actual.
España y Portugal: una respuesta coordinada tiene sentido
La campaña conjunta entre España y Portugal tiene una lógica clara. La Península Ibérica comparte muchos de los impactos climáticos más intensos de Europa: olas de calor, sequías, incendios forestales, episodios de lluvias extremas y presión creciente sobre actividades al aire libre.
No es casualidad que ambos países estén impulsando respuestas comunes. En marzo de 2026, España y Portugal ya habían sellado una alianza frente al cambio climático centrada en cooperación ante emergencias, gestión del agua, incendios forestales, sequías e inundaciones. Ahora, esa lógica de cooperación se traslada también al ámbito laboral.
Tiene sentido. Los riesgos climáticos no entienden de fronteras administrativas. Y muchas soluciones preventivas tampoco deberían depender de respuestas aisladas.
Compartir campañas, criterios, materiales, actuaciones inspectoras y buenas prácticas puede ayudar a que las empresas entiendan que el cambio climático no es un debate lejano, sino una realidad que ya está afectando a su forma de trabajar.
La prevención debe entrar en la estrategia de empresa
Uno de los errores habituales es tratar estos riesgos como un problema de “temporada”. Llega el verano, se recuerda beber agua, se manda una circular y se espera al año siguiente.
Eso ya no basta.
Si una empresa tiene trabajos expuestos al calor, radiación solar, fenómenos meteorológicos extremos o condiciones ambientales cambiantes, debe integrar estos factores en su sistema preventivo. No como una nota añadida, sino como parte de la evaluación de riesgos, la planificación preventiva, la formación, la vigilancia de la salud y la organización del trabajo.
Esto implica revisar cómo se toman decisiones. Por ejemplo, no programar las tareas más duras en las horas de mayor calor. No enviar a una persona sola a trabajar en un entorno exterior con aviso meteorológico adverso. No mantener el mismo ritmo de producción cuando el cuerpo humano no puede responder igual. No tratar los EPI como si fueran neutros cuando pueden aumentar la carga térmica. No olvidar a personas especialmente sensibles. No improvisar ante una alerta.
La adaptación climática en prevención no es solo comprar más agua o poner una sombra. Es organizar el trabajo de otra manera cuando las condiciones lo exigen.
La vigilancia de la salud también debe actualizarse
El cambio climático también obliga a mirar con más atención la salud de las personas trabajadoras.
No todas las personas responden igual al calor, al humo, a la radiación solar o a la mala calidad del aire. Una persona con patología cardiovascular, respiratoria, renal, diabetes, embarazo, medicación específica o falta de aclimatación puede tener mayor riesgo ante determinadas condiciones.
Por eso, la vigilancia de la salud debe estar conectada con la evaluación de riesgos. No se trata de invadir la intimidad médica, sino de identificar limitaciones preventivas y adaptar el trabajo cuando sea necesario.
Una prevención seria no puede tratar a toda la plantilla como si tuviera la misma resistencia física, la misma aclimatación o la misma vulnerabilidad ante temperaturas extremas.
También hay una cuestión de desigualdad
El cambio climático no afecta igual a todos los trabajadores.
Quienes tienen más exposición suelen estar en sectores donde hay más temporalidad, subcontratación, trabajo físico, salarios más bajos o menor capacidad de negociación. Campo, construcción, limpieza, reparto, emergencias o determinados servicios exteriores son ejemplos claros.
Esto significa que la adaptación preventiva al cambio climático también es una cuestión de justicia laboral. Si no se actúa, quienes más riesgo soportan serán precisamente quienes menos margen tienen para protegerse por sí solos.
La empresa y la Administración deben evitar que el mensaje sea “aguanta el calor” o “esto siempre ha sido así”. Porque ya no hablamos del clima de siempre. Y aunque lo fuera, trabajar en condiciones peligrosas nunca debería normalizarse.
De la prevención tradicional a la prevención climática
La campaña ibérica es importante porque marca un cambio de etapa.
La prevención tradicional seguirá siendo necesaria: máquinas seguras, protecciones colectivas, control de químicos, ergonomía, orden, mantenimiento, emergencias y formación. Pero junto a eso aparece una prevención climática que obliga a integrar variables ambientales dinámicas.
Ya no basta con evaluar un puesto una vez y dejar el documento quieto durante años. Si las condiciones climáticas cambian, la exposición cambia. Si la exposición cambia, la evaluación debe revisarse. Si el riesgo aumenta, las medidas deben adaptarse.
La prevención moderna tendrá que apoyarse cada vez más en datos meteorológicos, alertas tempranas, planificación flexible, sensores, mediciones ambientales, coordinación con protección civil, vigilancia de la salud y protocolos específicos.
La clave será pasar de una prevención estática a una prevención capaz de moverse con la realidad.
Conclusión
La campaña conjunta de España y Portugal frente a los riesgos laborales derivados del cambio climático confirma una idea que ya no debería discutirse: el clima también forma parte de las condiciones de trabajo.
El calor extremo, la radiación UV, los incendios, las inundaciones, la mala calidad del aire o los nuevos riesgos biológicos no son problemas ajenos a la prevención. Son factores que pueden dañar la salud, aumentar la siniestralidad y alterar la forma en que se organiza el trabajo.
Por eso, la prevención ya no puede mirar solo al riesgo tradicional. Tiene que mirar también al cielo, al territorio, a la previsión meteorológica y a la vulnerabilidad real de las personas trabajadoras.
Adaptarse al cambio climático no es una opción de futuro. Es una obligación preventiva del presente.