La Inspección de Trabajo y Seguridad Social remitirá esta semana 113.916 avisos a empresas de los sectores agrario y de la construcción para recordarles su obligación de garantizar la seguridad y salud de las personas trabajadoras frente a las altas temperaturas. La información ha sido publicada por El País, en una noticia firmada por Raquel Pascual Cortés, y confirmada también por una nota oficial del Ministerio de Trabajo y Economía Social.
Según explicó la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, estos avisos no se plantean como un requerimiento sancionador directo, sino como una comunicación preventiva para que las empresas conozcan la normativa aplicable y adopten medidas frente al riesgo de calor. La medida forma parte del plan estival del Gobierno, aprobado el pasado 9 de junio, con el objetivo de reforzar la vigilancia en las actividades laborales más expuestas a las altas temperaturas.
Pero la noticia tiene una lectura preventiva que va más allá del envío de cartas. La Inspección está recordando algo esencial: el estrés térmico ya no puede gestionarse con improvisación, consejos genéricos o medidas de última hora.
El calor ya es un riesgo laboral previsible
Durante años, el calor se ha tratado en muchos sectores como una incomodidad propia del verano. Especialmente en actividades como agricultura, construcción, limpieza viaria, jardinería, mantenimiento exterior o reparto, ha existido cierta tendencia a asumir que trabajar con altas temperaturas “forma parte del oficio”.
Ese enfoque ya no se sostiene.
El calor extremo puede producir deshidratación, agotamiento, calambres, mareos, síncopes y golpe de calor. También puede aumentar el riesgo de accidente al reducir la concentración, la capacidad de reacción y la coordinación física. Una persona fatigada por calor puede cometer errores al manejar maquinaria, trabajar en altura, circular por una obra, manipular cargas o conducir.
Por tanto, el calor no es solo una cuestión de confort. Es una condición de trabajo que puede afectar directamente a la salud y a la seguridad.
El plan aprobado por el Gobierno refuerza la vigilancia precisamente en los sectores con mayor exposición a las altas temperaturas, con especial atención al campo y la construcción. También prioriza las actuaciones inspectoras derivadas de denuncias de personas trabajadoras que sufran estrés térmico.
Agricultura y construcción: dos sectores donde el riesgo se multiplica
No es casual que los avisos se dirijan especialmente a empresas agrarias y de construcción.
En el campo, las tareas suelen desarrollarse al aire libre, con exposición solar directa, esfuerzo físico, ritmos marcados por campañas y, en ocasiones, escasa disponibilidad de sombra o zonas de descanso cercanas. Además, pueden existir factores de vulnerabilidad añadidos, como temporalidad, barreras idiomáticas o miedo a denunciar condiciones inseguras.
En la construcción ocurre algo similar. La obra combina esfuerzo físico, superficies que acumulan calor, uso de casco, botas, guantes, chaleco, arnés u otros EPI, polvo, ruido, trabajos en altura, maquinaria y presión por plazos. Cuando la temperatura sube, el riesgo no se limita al golpe de calor: también aumenta la probabilidad de caídas, golpes, errores de maniobra, accidentes con equipos o distracciones.
La empresa no puede limitarse a decir que “hace calor para todos”. En prevención, la pregunta no es si hace calor, sino qué tareas se están realizando, en qué condiciones, durante cuánto tiempo y con qué medidas de control.
No basta con decir “bebed agua”
Uno de los errores más frecuentes en la gestión del calor es reducir la prevención a mensajes básicos: beber agua, usar gorra, descansar si uno se encuentra mal o evitar el sol cuando sea posible.
Son recomendaciones útiles, pero insuficientes si no van acompañadas de organización real.
Una empresa que quiera prevenir el estrés térmico debe anticiparse antes de que empiece la jornada. Debe mirar la previsión meteorológica, valorar la carga física de las tareas, reorganizar los trabajos más intensos, prever pausas, habilitar sombra, garantizar agua fresca, reducir exposición en horas críticas y tener un protocolo claro ante síntomas.
El problema no se resuelve diciendo al trabajador que se hidrate si después se le mantiene en una tarea pesada, al sol, en las horas centrales del día y con presión para terminar.
La prevención no puede trasladar toda la responsabilidad a la persona trabajadora. Beber agua ayuda, pero organizar bien el trabajo salva vidas.
La adaptación de jornada puede ser necesaria
En situaciones de calor extremo, la medida preventiva más eficaz puede ser cambiar la forma de trabajar.
Eso puede implicar adelantar tareas a primeras horas, evitar trabajos de mayor esfuerzo en las horas centrales, aumentar descansos, rotar puestos, reducir ritmos, suspender determinadas actividades o modificar la jornada cuando las condiciones meteorológicas lo exijan.
Aquí conviene ser claro: adaptar la jornada no es una concesión voluntaria ni una medida de buena imagen. Puede ser una obligación preventiva cuando las condiciones ambientales hacen que el trabajo no sea seguro en la forma inicialmente prevista.
La normativa preventiva obliga a evaluar los riesgos y adoptar medidas eficaces. Si las medidas ordinarias no garantizan la protección de la persona trabajadora, mantener el trabajo igual puede suponer un incumplimiento.
Los avisos no sustituyen la responsabilidad empresarial
Que Inspección envíe avisos no significa que la obligación empiece ahora. La obligación ya existía.
Los avisos sirven para recordar a las empresas que el estrés térmico debe estar integrado en la evaluación de riesgos y en la planificación preventiva. No basta con tener una frase genérica en un documento. La evaluación debe aterrizar en las tareas reales: quién trabaja al sol, qué esfuerzo realiza, qué EPI utiliza, qué horarios tiene, qué pausas existen, qué zonas de sombra hay, qué trabajadores son especialmente sensibles y qué se hace ante avisos meteorológicos adversos.
La propia noticia de El País recuerda que, durante el verano de 2025, se realizaron 10.784 inspecciones, con 291 infracciones y sanciones por casi 1,6 millones de euros.
Ese dato demuestra que no estamos ante una cuestión meramente informativa. Hay empresas que siguen incumpliendo, y la exposición al calor puede acabar teniendo consecuencias administrativas, económicas y, sobre todo, humanas.
Personas especialmente sensibles: no todo el mundo tolera igual el calor
El calor no afecta igual a todas las personas.
Trabajadores con patologías cardiovasculares, respiratorias, renales, diabetes, embarazo, medicación específica, edad avanzada, falta de aclimatación o antecedentes de problemas por calor pueden tener mayor riesgo. También pueden ser más vulnerables quienes realizan tareas físicamente exigentes sin descanso suficiente o quienes no tienen margen real para parar cuando aparecen síntomas.
Por eso, la prevención frente al calor debe conectarse con la vigilancia de la salud y con la protección de personas especialmente sensibles. No se trata de pedir diagnósticos ni de invadir la intimidad, sino de adaptar condiciones de trabajo cuando existan limitaciones preventivas.
Una medida genérica para toda la plantilla puede ser insuficiente para quien tiene mayor vulnerabilidad.
El calor también revela la cultura preventiva de una empresa
La gestión del estrés térmico dice mucho de cómo entiende la prevención una organización.
Una empresa con cultura preventiva no espera a que alguien se maree. No improvisa cuando ya hay aviso meteorológico. No entrega agua como única medida mientras mantiene la misma carga de trabajo. No presiona para terminar una tarea en las horas más duras. No culpa al trabajador por “no aguantar”.
Una empresa preventiva planifica, adapta y decide antes del daño.
El calor pone a prueba la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Porque muchas empresas afirman que la seguridad es lo primero, pero la realidad se ve cuando hay que parar una tarea, cambiar un horario, reorganizar una cuadrilla o asumir que la producción debe bajar para proteger la salud.
Conclusión
El envío de 113.916 avisos por parte de la Inspección de Trabajo a empresas agrarias y de construcción confirma que el estrés térmico se ha convertido en un riesgo laboral prioritario. Ya no puede tratarse como una incomodidad estacional ni como algo inevitable en trabajos al aire libre.
El calor debe evaluarse, planificarse y gestionarse con medidas reales: adaptación de tareas, horarios seguros, pausas, sombra, hidratación, vigilancia de la salud, protección de personas vulnerables y suspensión de trabajos cuando no pueda garantizarse la seguridad.
El aviso de Inspección no debería verse como una amenaza, sino como una oportunidad para revisar si la empresa está haciendo prevención de verdad.
Porque el golpe de calor no se evita con improvisación.
Se evita anticipándose.