La Inspección de Trabajo y Seguridad Social ha duplicado en tres años las sanciones a empresas por infracciones relacionadas con la exposición de las personas trabajadoras al calor. Según ha publicado El País, las actuaciones inspectoras por condiciones ambientales adversas pasaron de 4.620 en 2022 a 10.820 en 2025, mientras que las sanciones aumentaron de 135 a 292 en ese mismo periodo. El importe total de las multas también creció de forma notable: de 706.000 euros en 2022 a 1,56 millones de euros en 2025.

El dato confirma una tendencia clara: el estrés térmico en el trabajo ya no se está tratando como una simple recomendación estacional. La Inspección está actuando más, detectando más infracciones y sancionando más.

La noticia llega, además, pocos días después de que el Ministerio de Trabajo anunciara el envío de más de 113.000 avisos a empresas de sectores especialmente expuestos, como agricultura y construcción, para recordarles su obligación de proteger a las personas trabajadoras frente a las altas temperaturas.

El calor ya no es una molestia: es un riesgo laboral

Durante años, muchas empresas han tratado el calor como algo inevitable. Especialmente en actividades al aire libre, se ha normalizado la idea de que trabajar con altas temperaturas forma parte del oficio.

Pero esa visión ya no se sostiene.

El calor puede provocar deshidratación, mareos, calambres, agotamiento, síncopes y golpe de calor. Además, puede aumentar el riesgo de accidentes por pérdida de concentración, fatiga, errores de coordinación o menor capacidad de reacción.

Una persona que trabaja con calor extremo no solo está incómoda. Puede estar en una situación de riesgo.

Y si ese riesgo deriva de las condiciones de trabajo, debe evaluarse, planificarse y controlarse.

La Inspección está cambiando el mensaje

El incremento de actuaciones y sanciones lanza un mensaje bastante claro a las empresas: ya no vale con decir “bebed agua” y seguir trabajando igual.

La prevención frente al calor no puede reducirse a una botella de agua, una charla rápida o un cartel en el vestuario. Esas medidas pueden ayudar, pero no son suficientes si la organización mantiene a los trabajadores al sol, en horas críticas, con esfuerzo físico intenso, sin sombra, sin pausas reales y con presión por terminar.

La Inspección está poniendo el foco precisamente en eso: en si la empresa ha adoptado medidas reales frente a las altas temperaturas.

No basta con que el calor aparezca mencionado en una evaluación de riesgos. Hay que comprobar si esa evaluación se traduce en decisiones prácticas: cambios de horario, reducción de exposición, pausas, rotaciones, sombra, hidratación, protección de personas especialmente sensibles y suspensión o modificación de tareas cuando el riesgo no pueda controlarse.

Agricultura y construcción: sectores especialmente vigilados

El refuerzo inspector se dirige especialmente a sectores como el agrario y la construcción, donde la exposición al calor suele ser directa y prolongada. En ambos casos se combinan factores de riesgo importantes: trabajo al aire libre, esfuerzo físico, exposición solar, uso de EPI, ritmos de producción, desplazamientos, jornadas largas y, muchas veces, dificultad para disponer de zonas de sombra y descanso.

En agricultura, el riesgo puede verse agravado por campañas intensas, temporalidad, barreras idiomáticas o situaciones de vulnerabilidad laboral.

En construcción, el calor se suma a otros riesgos graves: trabajos en altura, maquinaria, cargas, polvo, ruido, superficies que acumulan calor y presión por plazos.

Por eso, el estrés térmico no debe analizarse de forma aislada. El calor puede agravar otros riesgos ya existentes. Una caída, un golpe, un atropello o un error con una máquina pueden estar relacionados con fatiga térmica, falta de descanso o pérdida de concentración.

El riesgo debe anticiparse, no gestionarse cuando ya hay síntomas

Uno de los errores preventivos más habituales es actuar cuando el trabajador ya está mal.

Cuando una persona se marea, tiene calambres, está desorientada, deja de sudar, sufre debilidad intensa o presenta signos compatibles con golpe de calor, la prevención ya llega tarde.

La gestión del calor debe empezar antes de la jornada. La empresa debe consultar la previsión meteorológica, valorar la carga física de las tareas, identificar las franjas de mayor riesgo, comprobar si existen trabajadores especialmente sensibles y organizar el trabajo de forma compatible con las condiciones ambientales.

Esto implica asumir algo incómodo pero necesario: hay días, horas o tareas que no pueden mantenerse igual.

La prevención frente al calor exige flexibilidad organizativa. Si la temperatura sube, si hay aviso meteorológico o si el riesgo no puede controlarse, la empresa debe adaptar el trabajo.

Adaptar horarios no es un favor

En algunos sectores todavía se vive la adaptación de jornada como una concesión voluntaria de la empresa. No debería ser así.

Cuando las condiciones térmicas hacen que una tarea no sea segura, adaptar horarios, modificar ritmos, cambiar tareas o suspender trabajos puede ser una obligación preventiva.

Organizar los trabajos más duros a primera hora, evitar las horas centrales, aumentar pausas, rotar tareas, habilitar sombra o reducir exigencia física no son gestos de buena voluntad. Son medidas preventivas.

La producción no puede estar por encima de la salud.

Y este es precisamente el cambio de enfoque que reflejan los datos de Inspección: el calor laboral empieza a tratarse como un incumplimiento preventivo cuando no se gestiona adecuadamente.

El papel de los avisos: antes de sancionar, recordar obligaciones

El envío de más de 113.000 avisos a empresas tiene una finalidad preventiva: recordar la normativa aplicable y advertir de que el calor debe ser gestionado como un riesgo laboral. Pero esos avisos no sustituyen la responsabilidad empresarial.

La obligación de proteger ya existía antes de recibir la comunicación.

El aviso puede servir para que la empresa revise su evaluación de riesgos, actualice protocolos y adopte medidas. Pero si no lo hace, y mantiene condiciones inseguras, puede enfrentarse a actuaciones inspectoras y sanciones.

De hecho, el verano de 2025 ya dejó casi 300 infracciones y sanciones por un importe cercano a 1,6 millones de euros, según los datos publicados sobre la actuación inspectora.

La diferencia es importante: no hablamos solo de campañas informativas. Hablamos de consecuencias reales.

Personas especialmente sensibles: el calor no afecta igual a todos

El calor no impacta de la misma manera en todas las personas. Hay trabajadores con mayor vulnerabilidad por edad, embarazo, patologías cardiovasculares, respiratorias o renales, diabetes, medicación, falta de aclimatación o antecedentes de problemas relacionados con altas temperaturas.

La empresa no necesita conocer diagnósticos íntimos, pero sí debe contar con vigilancia de la salud y criterios preventivos que permitan adaptar tareas cuando proceda.

Una medida general para toda la plantilla puede ser insuficiente para una persona especialmente sensible.

Por eso, en trabajos expuestos al calor, la prevención debe combinar medidas colectivas y organizativas con una mirada individual cuando exista mayor riesgo.

El protocolo debe funcionar en la realidad

Muchas empresas ya tienen protocolos frente al calor. El problema es que algunos no pasan de ser un documento genérico.

Un protocolo útil debe responder a preguntas concretas:

qué se hace cuando hay aviso amarillo, naranja o rojo;
quién decide adaptar o parar tareas;
dónde descansan los trabajadores;
cómo se garantiza agua fresca;
qué tareas se cambian de horario;
cómo se protege a personas vulnerables;
qué formación recibe la plantilla;
qué síntomas deben activar una actuación urgente;
cómo se registra la implantación de medidas.

Si el protocolo no responde a esas cuestiones, probablemente no está preparado para proteger.

Y si las medidas no se aplican en la obra, en el campo, en la calle o en la nave, el documento no sirve de mucho.

La prevención frente al calor también es cultura preventiva

El aumento de sanciones no debería leerse solo como una amenaza económica. Debería leerse como una señal de madurez preventiva.

Durante mucho tiempo, el calor se ha normalizado. Ahora empieza a ser tratado como lo que es: una condición de trabajo capaz de producir daños graves.

Una empresa con cultura preventiva no espera a que aparezca un golpe de calor. No improvisa cuando ya hay 40 ºC. No responsabiliza únicamente al trabajador diciendo que “no bebió suficiente agua”. No mantiene el mismo ritmo de trabajo aunque las condiciones hayan cambiado.

Una empresa preventiva anticipa, organiza, adapta y, si hace falta, para.

Ahí está la diferencia.

Conclusión

Que la Inspección de Trabajo haya duplicado en tres años las sanciones por infracciones relacionadas con el calor confirma que el estrés térmico ha dejado de ser una cuestión secundaria. Los datos publicados por El País muestran un aumento claro de actuaciones, sanciones e importes económicos: de 4.620 actuaciones en 2022 a 10.820 en 2025, y de 706.000 euros en multas a 1,56 millones.

El mensaje para las empresas es directo: el calor laboral no se gestiona con improvisación ni con recomendaciones genéricas.

Se gestiona evaluando el riesgo, adaptando la jornada, reduciendo exposición, garantizando pausas, sombra e hidratación, protegiendo a las personas vulnerables y suspendiendo tareas cuando no pueda garantizarse la seguridad.

La Inspección ya no trata el estrés térmico como una recomendación.

Y las empresas tampoco deberían hacerlo.